El poder del fuego en Altamira: cómo una chispa transformó la vida de los humanos del Paleolítico

El fuego no solo iluminó las cuevas del Paleolítico: transformó por completo la forma de vivir, comer, pensar y crear de nuestros antepasados. Su dominio marcó el punto de inflexión que nos convirtió en humanos plenamente modernos.
El poder del fuego en Altamira: cómo una chispa transformó la vida de los humanos del Paleolítico
El poder del fuego en Altamira: cómo una chispa transformó la vida de los humanos del Paleolítico. Representación con IA. Fuente: Sora / ERR.

El fuego es una reacción química de oxidación rápida que desprende energía en forma de luz y calor. Esta potente fuente de energía fue aprovechada por las poblaciones del pasado que aprendieron a utilizarla de forma oportunista hace más de un millón de años. Miles de años después consiguieron controlarla y finalmente aprendieron a producirla. El dominio y control del fuego, sin duda, supusieron cambios sustanciales en sus formas de vida.

Aunque el momento exacto del uso controlado del fuego todavía se debate dentro del ámbito científico, de lo que no hay ninguna duda es que nuestros antepasados europeos más cercanos, Homo neandertalensis o neandertales, ya lo usaban de manera recurrente y, según el investigador Andrew C. Sorensen, utilizaron algunos bifaces como piedras-mechero golpeándolos contra mineral de hierro y produciendo así la chispa necesaria para comenzar la ignición.

Por tanto, los primeros Homo sapiens del Paleolítico superior debían tener un control absoluto sobre su producción y uso. Y esto es posible saberlo por los abundantes restos de combustión que se han hallado a lo largo y ancho de toda Europa, de la península ibérica y también en la cornisa cantábrica, en este periodo. El estudio detallado de los restos de las hogueras utilizadas por estos hombres y mujeres desde hace unos 35 000 años es lo que proporciona la información para reconocer su uso y cómo el fuego fue aprovechado para diferentes actividades cotidianas de estas comunidades cazadoras-recolectoras y pescadoras. La forma, la composición, y los restos hallados en el interior de los hogares, son la base de la que parten los estudios que explicaran las diferentes funciones.

El control del fuego fue una de las grandes revoluciones biológicas y culturales de nuestra especie.
El control del fuego fue una de las grandes revoluciones biológicas y culturales de nuestra especie. Fuente: Wikimedia Commons.

El estudio de los carbones explica los combustibles, los tipos de madera utilizados; a través del análisis de las rocas quemadas es posible aproximarse a las temperaturas alcanzadas y saber si una hoguera se utilizó en más de una ocasión; el análisis químico del propio sedimento puede contener restos de las grasas cocinadas y por tanto proporcionar información sobre qué tipo de animales o plantas fueron consumidos. En el Paleolítico superior, se puede afirmar que cada hogar puede tener una funcionalidad distinta. Cocinar sería un uso de los más habituales, pero no el único. Hace unos 25 000 años, durante el periodo denominado Solutrense, se documenta la última de las glaciaciones, un momento frío en el que calentar el espacio habitado se convierte en una necesidad. Y aunque siempre se ha relacionado con la defensa frente a depredadores que supusieran una amenaza, no está claro que el fuego sirva para ahuyentar a algunos de ellos.

Un importante uso del fuego fueron las transformaciones tecnológicas. Se aplica tanto para la fabricación de determinados útiles de piedra —sílex en su mayoría— de hueso o asta, así como para procesar colorantes, aglutinantes u otras preparaciones técnicas. Pero también ocurre que al estudiar con minuciosidad muchos de estos fuegos, de los hogares excavados de este periodo, se ha documentado que son multitarea, es decir, que el análisis de sedimentos, rocas y restos de carbones, cenizas o huesos quemados explican que se dedicaron a todas ellas o al menos a varias durante el tiempo que estuvo en funcionamiento.

Calor para cocinar

Aunque la creencia más generalizada entre el público no especializado es que nuestros ancestros paleolíticos sobrevivían a base de carne de diferentes animales, lo cierto es que la investigación arqueológica viene demostrando desde hace ya bastante tiempo que no solo de los animales vivieron los primeros homínidos. Por ejemplo, si nos vamos a unos miles de años antes, vemos como la comunidad neandertal que habitaba en la cueva del Sidrón, en Asturias, ya usaba plantas como la camomila, cuyos restos de almidones se quedaron adheridos de manera microscópica a sus dientes, así como restos de setas o piñones.

Desde los orígenes, los seres humanos somos omnívoros y a lo largo de la evolución nos hemos ido adaptando a los cambios del medio que suponen cambios en los aportes alimenticios. Con la posibilidad de controlar el uso del fuego, el ser humano dejó de ser crudívoro y consiguió procesar determinados alimentos que antes no podía o de los cuales no conseguía obtener todos los nutrientes posibles, por ejemplo, la propia carne. Y lo mismo ocurre con determinadas plantas como legumbres o cereales silvestres que sin cocción no era posible ingerir. Desde el momento en que se produce la transformación de los alimentos debido a la temperatura de cocción, en el organismo se van a producir cambios en el aparato digestivo ya que se facilita la digestión, se reduce el tamaño de los dientes y contribuye al crecimiento de nuestro cerebro. Nuestra especie se adaptará de esta manera a dietas de alta densidad calórica. Así que el fuego ayudó de una manera clara a mejorar la calidad nutricional de los alimentos y por tanto a mejorar la calidad de vida de los seres humanos. Porque, además, el cocinar a una cierta temperatura también reduce el riesgo de enfermedades y permite una mejor conservación. Poder conservar los alimentos para tener recursos en las épocas de carestía es una ventaja añadida del uso controlado del fuego. Es cierto que, durante los momentos más fríos del máximo glaciar, las bajas temperaturas ayudan a la conservación de determinados alimentos, pero con el control del fuego se añade la posibilidad del ahumado o la preservación del alimento una vez cocinado.

El fuego amplió las horas activas del día y reforzó la transmisión social del conocimiento.
El fuego amplió las horas activas del día y reforzó la transmisión social del conocimiento. Fuente: Freepik.

El yacimiento arqueológico de Altamira ha proporcionado desde los inicios de su investigación a principios del siglo xx algunos datos sobre el uso del fuego. Conchas y huesos quemados, cenizas y carbones que formaron parte de hogueras en un espacio que sus excavadores denominaron «cocina». Las últimas excavaciones se realizaron en los años 80. Los resultados que se infieren de estas investigaciones mostraron los restos de hogueras eran fosas utilizadas para cocinar que posteriormente se rellenaban de residuos. En palabras del arqueólogo Leslie Freeman, «En primer lugar, se excavaba una fosa de 1 metro o más de diámetro y unos 35 cm de profundidad. A continuación, se quemaban materiales combustibles en el fondo de la fosa. Sobre las cenizas se depositaba una capa de piedras más pequeñas y la carne se añadían a la fosa, que luego se tapaba. Aún no se ha determinado si la comida se cocía al vapor o asada. Una vez terminada la cocción, se abría el pozo, se retiraban los alimentos y se devolvían al pozo los restos de cáscaras y huesos de las comidas con material adicional suficiente para llenarlo y, en algunos casos, se amontonaban por encima del nivel original del suelo. Este proceso se repetía al menos una vez en cada fosa» (Freeman, 1988).

Definitivamente cocinar los alimentos contribuyó a cambios en nuestra biología evolutiva, pero también se convirtió en un acto cultural y de socialización.

Luz para socializar

El control de fuego permite que cuando cae la noche el grupo no tenga que cesar sus actividades necesariamente. Imaginamos, porque de esta parte del comportamiento humano no queda registro arqueológico, que alrededor del fuego, como todavía hacemos hoy, se contarían historias, se explicarían peligros, se desarrollarían enseñanzas, en definitiva, se produciría eso que hoy llamamos socialización. La transmisión de conocimientos es algo fundamental en todas las sociedades humanas para asegurar la supervivencia y poner en alerta a quienes tienen menos experiencia vital, las niñas y los niños. Alargar la jornada gracias al fuego de las hogueras también debió permitir realizar diferentes trabajos técnicos como endurecer los astiles de las flechas y colocar las plumas, preparar ungüentos, coser, tallar la piedra, raspar y preparar las pieles así como fabricar ornamentos o preparar los colorantes necesarios para realizar las pinturas.

Escena clásica del uso del fuego en una comunidad prehistórica, según la pintura de Hugo Darnaut.
Escena clásica del uso del fuego en una comunidad prehistórica, según la pintura de Hugo Darnaut. Fuente: Wikimedia Commons.

Iluminación para pintar

Las pinturas rupestres del final del Paleolítico superior se encuentran mayoritariamente en cavidades profundas y oscuras donde es imprescindible el uso de una iluminación artificial para poder pintar. Para conseguirla es necesario tener un control absoluto del fuego y de los combustibles ya que, en general, son necesarias varias jornadas para la realización de algunas de esas magníficas figuras.

Los restos arqueológicos que explican los sistemas de iluminación son escasos. Solo el análisis minucioso de la localización de fuegos, carbones y cenizas explican el uso de antorchas, lámparas y hogueras utilizados para iluminar las cavidades oscuras sobre las que se realizaron las pinturas. El análisis de los carbones permite conocer el tipo de madera que pudo utilizarse en el caso de las antorchas. La grasa animal y la resina han sido documentados como combustible ya que ambas permiten alargar el tiempo de iluminación, así como controlar la intensidad. Las lámparas se realizaron sobre piedra, más o menos trabajadas según el yacimiento y en otros casos se recurrió a las hogueras en el suelo para iluminar las paredes.

Y el fuego nos sigue acompañando, nos sigue ayudando a socializar, seguimos haciendo hogueras y reuniéndonos a su alrededor, aunque las encendamos con un mechero de gas; cocinamos a la brasa siempre que tenemos oportunidad y cuando no, entramos las piedras a la cocina del restaurante para comernos un buen asado. Con el fuego ritualizamos el paso de las estaciones y también las fiestas importantes. Creemos dominarlo, pero los incendios muestran cada año su cara más temible. Es el fuego amigo, el que nos acompaña desde los orígenes, incluso antes de que los seres humanos supiéramos dominarlo.

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  • Dídac Román Monroig