Si tiene cierta edad, recordará esos monitores que eran como televisiones, como una caja grande con la pantalla en una de las caras. Si acercábamos un imán, la imagen se distorsionaba.
En aquellos casos, la cara interna de la pantalla del televisor o del monitor estaba revestida por una serie de franjas verticales y paralelas entre sí de material fosforescente. Una franja es roja, la contigua, verde y la siguiente, azul; siempre se repite el mismo patrón.
Dentro del tubo de imagen se halla el cañón de electrones, dispositivo que contiene tres tubos -uno para cada color básico-, que generan haces de electrones. Cada uno de éstos impacta sobre las franjas del color que le corresponde. Los electrones realizan un barrido de la pantalla, excitando el material fosforescente. Si acercamos un imán a la pantalla, su campo magnético desvía la trayectoria de los electrones, que impactan en zonas donde no deberían hacerlo. El resultado es una imagen distorsionada.
Aquellos monitores y aquellas televisiones fueron los herederos de un instrumento de laboratorio que sirvió para descubrir la existencia del átomo: el tubo de rayos catódicos.