Desde los orígenes de la imprenta, el poder de la palabra escrita ha causado tanto admiración como temor. Algunos textos, por su contenido controvertido, han sido perseguidos, censurados y, en ciertos casos, destruidos. Sin embargo, paradójicamente, esta represión ha aumentado su atractivo y relevancia. Libros malditos, coordinado por Alberto de Frutos y publicado por la editorial Pinolia, es una obra que recoge esta fascinante historia de libros censurados, explorando el impacto de las obras prohibidas en nuestra cultura y el porqué de su importancia. Este volumen se sumerge en textos cuya mera existencia provocó la ira de instituciones religiosas, políticas y sociales, pero que, al mismo tiempo, han moldeado el curso del pensamiento humano.
Uno de los ejemplos más notorios es el Index librorum prohibitorum, que se mantuvo en vigor hasta 1966. En Libros malditos, se exploran títulos que desafiaron el statu quo, como el Malleus Maleficarum, un manual que legitimó la persecución de las brujas en Europa, o el infame Mein Kampf, de Adolf Hitler, cuya lectura sigue generando un amplio debate en la actualidad.
De Frutos, en su entrevista, reflexiona sobre la compleja relación que la humanidad ha tenido con estos libros prohibidos. “Lo dramático de la censura es que con frecuencia silencia una voz que se dirige a una época y un auditorio concretos”, señala. A través de su obra, se nos invita a reconsiderar el poder que estos textos ejercen en la mente colectiva. Las palabras contenidas en ellos no solo capturan momentos históricos, sino que también revelan las profundas tensiones y conflictos que han sacudido las sociedades a lo largo de los siglos.
Uno de los aspectos más interesantes de Libros malditos es la amplia gama de temas que cubre. Desde textos religiosos prohibidos, como el Evangelio de Judas, hasta manuscritos enigmáticos como el Codex Gigas o el manuscrito Voynich, este libro analiza por qué ciertas ideas y relatos se percibieron como peligrosos y cómo sobrevivieron a pesar de la represión. El propio De Frutos menciona que la era digital ha hecho aflorar un espíritu censor renovado, donde los ciudadanos, armados con opiniones rápidas y efímeras, buscan censurar lo que les incomoda. Este tipo de censura, según el autor, es diferente a la histórica, pero igualmente preocupante.
En esta entrevista, el periodista Alberto de Frutos comparte sus pensamientos sobre la relevancia de estas obras y cómo la sociedad contemporánea aún lidia con la idea de restringir el conocimiento. Desde el Mein Kampf hasta el Malleus Maleficarum, sus respuestas nos invitan a reconsiderar el legado de los "libros malditos" y su impacto en el presente.
Pregunta. ¿Qué libro censurado o maldito te sorprendió más por su impacto en la cultura a pesar de la censura que sufrió?
Respuesta. Probablemente El origen de las especies; no se me ocurre un libro tan influyente como ese, hasta el punto de que se puede decir que instituyó la moderna ciencia de la biología. Hay una obra de teatro muy interesante, Inherit the wind, sobre el Juicio de Scopes de 1925, acerca de un proceso que tuvo lugar en Tennessee contra un profesor acusado de enseñar a sus alumnos el evolucionismo; muchos lo conocen como el Juicio del Mono. Habían transcurrido más de seis décadas desde la publicación de la obra de Darwin, y sus teorías seguían siendo muy controvertidas. En Libros malditos, que he tenido el privilegio de coordinar, el profesor José Manuel Sánchez Ron habla de las implicaciones del debate de Oxford de 1860. ¡Cómo no llevarnos las manos a la cabeza por el peso que tenía el Génesis incluso entre hombres de ciencia! Desde luego, el naturalista inglés fue muy audaz en sus postulados y costó Dios y ayuda entenderlos y aceptarlos, pero al final cambiaron la historia.

P. En tu opinión, ¿qué otros libros, además de los mencionados en el libro, podrían haber cambiado la historia de la humanidad si no hubiesen sido censurados?
R. Muchos. Lo dramático de la censura es que con frecuencia silencia una voz que se dirige a una época y un auditorio concretos. Te pongo un ejemplo. Si los intelectuales que cuestionaron los excesos de Stalin hubieran podido conectar con sus lectores, quizá, solo quizá, el dictador no hubiera muerto en la cama. En nuestros días, la policía religiosa de algunos países musulmanes ejerce una presión insoportable sobre cualquier tipo de disidencia. Sin esa censura, el presente de esos pueblos sería muy diferente, y también su destino. Luego, si nos remontamos a la Antigüedad, podemos hablar de la damnatio memoriae (condena de la memoria), que borró de un plumazo el legado de faraones, emperadores o papas, tergiversando así la historia que hemos estudiado. ¿Y qué hay de la obra de Safo, por ejemplo? Ab urbe condita, de Tito Livio, es francamente disfrutable, pero de sus ciento cuarenta y dos libros, solo treinta y cinco han llegado hasta nuestros días. Y si los estudiantes aprenden latín con De bello Gallico o De bello civili, es porque el resto de las obras de Julio César ya no existen. Verdaderamente, no somos conscientes de todo lo que hemos perdido.
"Lo dramático de la censura es que con frecuencia silencia una voz que se dirige a una época y un auditorio concretos"
P. El manuscrito Voynich es uno de los libros más misteriosos. ¿Crees que algún día se logrará descifrar su significado? ¿Qué impacto podría tener esto?
R. Seguro que sí, ¿por qué no? La sed humana de conocimiento no tiene límites, y quizá la Inteligencia Artificial nos eche pronto un cable con Voynich y otros libros raros. En mi opinión, eso sí, el impacto se restringiría a unos cuantos artículos académicos y divulgativos, sencillamente porque cualquier libro es un llamamiento a la calma y la reflexión, y vivimos demasiado deprisa para escucharlos. Ojalá tuviera un impacto, claro, porque eso significaría que hay más hombres-libro, por citar a Bradbury, de los que sospechamos.
"La sed humana de conocimiento no tiene límites, y quizá la Inteligencia Artificial nos eche pronto un cable con Voynich y otros libros raros"
P. El Codex Gigas ha generado muchas leyendas, incluyendo su conexión con el diablo. ¿Cuánto crees que hay de verdad en estas leyendas, o solo son mitos?
R. Solo son mitos, aunque, naturalmente, el mito tiene también un poder generador que no hay que subestimar nunca. El Codex Gigas es una miscelánea del siglo XIII compuesta en el monasterio de Podlažice, en Chrudim, en la actual República Checa. Se le atribuye al monje Germán el Recluso, y si Satanás comparece en esta leyenda es porque el libro es una monstruosidad de más de 600 páginas y casi 75 kilos de peso. ¿Cómo pudo hacerlo un solo hombre sin el concurso del diablo (ese que también levantó los acueductos de Segovia y Ferreres)? Difícil, pero no imposible, a juzgar por los estudios tipográficos que se han realizado y que indican que le pudo llevar un mínimo de veinte años de su vida.

P. La censura en la Historia ha adoptado muchas formas. ¿Cómo crees que ha cambiado la naturaleza de la censura en la era digital comparado con épocas pasadas?
R. Para empezar, la era digital ha hecho aflorar el espíritu censor de muchos ciudadanos a los que, en realidad, ni les va ni les viene lo que opina su vecino. El problema surge cuando esa censura “individual”, que es más un berrinche que otra cosa, se pone al servicio de una ideología política o un determinado credo moral, o sea, cuando el catón de turno se convierte en una masa informe a la que lo único que le importa es ceñir la mordaza a quienes opinan diferente. Una soberana estupidez, porque, al menos en las sociedades occidentales, hay mil atajos para llamar a las puertas de nuestro destinatario, y si en un foro no nos dejan hablar, habrá diez en los que sí. En este sentido, la censura en la era digital es incómoda, pero no insalvable. Otra cuestión es que nosotros mismos nos mordamos la lengua para no incomodar al personal, pero tampoco se puede decir que sea nuestra generación la que ha inventado la autocensura, ni en realidad nada.
P. ¿Cuál fue la razón detrás de la prohibición de textos como el Malleus Maleficarum, y qué papel jugó la religión en ello?
R. Bien, el Malleus malificarum fue una especie de tratado de brujería y, por ende, un manual para reconocer a las hechiceras. Lo compusieron dos frailes dominicos a finales del siglo XV, un tiempo en el que la Iglesia ya había elaborado suficiente material propio sobre demonología. De ahí que entre los miembros del clero hubiera de todo, gente que lo apoyó y otros que no tanto, conscientes de que las páginas del Martillo eran un prontuario de majaderías. Lo malo es que el libro fue un best seller, y digo “lo malo” porque, aun siendo partidario siempre de la libertad de imprenta, a la luz de los crímenes que inspiró, ojalá su difusión hubiera sido mucho menor. Pero, aunque hay quien sostiene que el Vaticano lo prohibió durante varios años, no hay ningún registro de ese tabú en el Index Librorum Prohibitorum.
P. ¿Cómo piensas que libros malditos o censurados como Mein Kampf deben manejarse en el presente, dado su contenido histórico y su influencia?
R. En un mundo ideal, el Mein Kampf debería distribuirse como cualquier otro libro, porque en un mundo ideal los lectores habrían adquirido desde la infancia los conocimientos y las herramientas necesarias para forjarse un criterio sobre su contexto, su autor o las consecuencias de su discurso. Pero en el mundo real eso no pasa. Vivimos en un presente perpetuo, qué remedio, y me temo que a la mayoría de la gente el Putsch de Múnich le sonará a chino y quién sabe si Auschwitz también. Por tanto, creo que en obras como esa no está de más incluir un aparato crítico. Pero hay que publicarlas sin miedo y refutar los discursos de odio con argumentos, en vez de encerrar a la serpiente en el herpetario.
P. ¿Qué crees que le debe la humanidad al conocimiento contenido en libros malditos que lograron sobrevivir a la censura?
R. Quien se haga con Libros malditos se dará cuenta de lo mucho que les debemos. Antes hemos mencionado El origen de las especies, pero podríamos hablar del Evangelio de Judas y los textos gnósticos, o, ya en el siglo XX, de clásicos de la literatura como el Ulises de Joyce o la Lolita de Nabokov. Títulos como esos abrieron caminos inexplorados, nos forzaron a desaprender mentiras, nos libraron de prejuicios, pusieron sobre el mantel conceptos nuevos para los que la sociedad de su tiempo acaso no estaba preparada (porque a veces los libros no se dirigen solo a una época o un auditorio concretos, sino más bien a un porvenir abstracto en el que cobrarán todo su significado), zarandearon la ética y la estética o nos apostaron frente a un espejo de realidades perturbadoras. En definitiva, nos rescataron de una edad de inocencia e hicieron que maduráramos. Les debemos, pues, lo que somos.
"Títulos como esos abrieron caminos inexplorados, nos forzaron a desaprender mentiras, nos libraron de prejuicios, pusieron sobre el mantel conceptos nuevos para los que la sociedad de su tiempo acaso no estaba preparada"
P. ¿Has descubierto algún libro maldito que haya pasado desapercibido pero que, en tu opinión, merece más atención por su relevancia histórica o cultural?
R. Pues mira, la coordinación de este libro me ha abierto los ojos sobre los secretos de la cultura maya, a través de sendos capítulos sobre el Popol Vuh, el libro sagrado de los quichés, una etnia de origen maya, y el auto de fe de Maní, una quema de códices de la misma cultura que tuvo lugar en Yucatán en 1562. Hoy solo disponemos de cuatro códices mayas en el mundo –entre ellos, el Tro-Cortesiano, en el Museo de América de Madrid–. Naturalmente, no todos los demás fueron pasto de las llamas, pero, cuando hablamos de los logros de la labor evangelizadora, no es de recibo que pasemos por alto esa merma cultural. Por la cerrazón intelectual de esos advenedizos, nada sabemos hoy de esos libros supuestamente “malditos”.

P. ¿Qué paralelismos encuentras entre la censura de libros en distintas épocas y el "control" de la información en la actualidad?
R. Las situaciones se repiten en el tiempo. El poder que amordazaba a los creadores anhela hoy controlar la información, someterla a su dictado, y lo peor es que suele conseguirlo. No me refiero a las dictaduras, sino a democracias consolidadas como la nuestra, en las que la persecución es mucho más sutil. Antes, si querías imprimir El Quijote, tenías que encomendarte al Consejo de Castilla y confiar en que autorizara su publicación (Antonio de Herrera Tordesillas fue su primer lector y, por suerte, un tipo abierto e instruido), mientras que hoy, si quieres publicar una primicia en un periódico, tienes que asegurarte de que no estás pisando el callo a ninguno de los patrocinadores de tu medio, no sea que retiren la financiación y acabes en la calle. El hambre es el precio que hay que pagar por la independencia, pero, siguiendo a ese irrepetible "bocachancla" que fue Quevedo, no hay que callar por más que con el dedo silencio avisen o amenacen miedo.

Libros Malditos
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