Arte rupestre en Altamira: el gran icono del arte paleolítico europeo

Las pinturas de Altamira continúan maravillando por su belleza, precisión y simbolismo. Un legado único que revela cómo pensaban, sentían y creaban las primeras sociedades humanas.
La cueva de Altamira: arte, refugio y memoria
La cueva de Altamira: arte, refugio y memoria. Fuente: iStock.

Aunque han transcurrido 145 años desde la publicación de M. Sanz de Sautuola, los bisontes de Altamira continúan deslumbrándonos hoy por su expresividad y nivel técnico. Además de estos animales, sin duda una de las cimas de la creatividad humana en aquel periodo paleolítico, en la cueva se realizaron otras representaciones de gran interés que abordaremos aquí, tratando de integrar el conocimiento clásico del conjunto con las investigaciones arqueológicas más recientes.

La entrada a Altamira está orientada al N-NE, y da paso a un yacimiento arqueológico con restos de ocupaciones humanas especialmente reiteradas entre unos 26 500 y 17 000 años, durante los periodos Gravetiense final (nivel 8), Solutrense (niveles 7 y 6), Magdaleniense antiguo (niveles 4 a 2) e inicios del medio (nivel 1). Tras estas ocupaciones se produjo un desplome de grandes bloques que dificultaba el acceso y ocupación regular del vestíbulo. El cierre completo de la entrada se produce en una nueva fase de caída de bloques tres mil años después. La correspondencia entre las ocupaciones del vestíbulo y la decoración de techos y paredes es, conforme ha ido avanzando la investigación, cada vez más estrecha.

En el estudio de Altamira de H. Breuil y H. Obermaier, publicado en 1935, se diferenciaron diez ámbitos topográficos sucesivos a lo largo de los casi 300 m de desarrollo de la cueva. Se reconocieron entonces muestras parietales en todos ellos, desde el fondo del vestíbulo inicial hasta el estrecho corredor terminal. Sin embargo, los artistas no repartieron la decoración de manera uniforme, sino que se centraron, muy especialmente, en espacios terminales más recogidos. Destaca entre ellos una sala lateral situada al fondo del vestíbulo, cuyo techo concentra las principales composiciones parietales, entreveradas con agrupaciones más pequeñas y con figuras sueltas; de manera que son muy frecuentes las superposiciones entre series de representaciones de distinta cronología. Especialmente las figuras pintadas en negro con carbón vegetal, y los grabados, se extienden también por el resto de la cueva. En general, las representaciones tienden a enrarecerse conforme nos alejamos del sector de entrada, para volver a ser abundantes solo en el estrecho y serpenteante pasaje final (zona X o «Cola de Caballo»).

El rojo es el color dominante en la cueva de Altamira. En la imagen, signo de trazo en este color.
El rojo es el color dominante en la cueva de Altamira. En la imagen, signo de trazo en este color. Fuente: Museo de Altamira.

Las representaciones de la «Sala de las Pinturas» (I)

Esta Sala está hoy segregada del vestíbulo por la construcción en 1925 de un ancho muro de contención del techo, y, de otro lado, el suelo fue excavado para facilitar la contemplación de las pinturas. El espacio original tenía 18 m de largo y entre 8 y 9 de ancho. La altura del techo oscilaba entre los 2 metros a la entrada y 1,10 m al fondo.

Entre las series de representaciones más antiguas destacan los haces de líneas grabadas convergentes, o signos en forma de cometas o de chozas, situados al fondo del lateral derecho y recubiertos por pinturas posteriores, tanto por algunos signos claviformes como por figuras de la gran composición de caballos en rojo. Una datación de calcita sobre uno de esos claviformes en rojo arroja una datación de 36 100 ± 610 años, y abre la posibilidad, aun no suficientemente contrastada, de que tales signos, o algunos de ellos, correspondan a fases iniciales del Paleolítico superior.

La composición gravetiense de figuras rojas

Ocupando las áreas del techo más cercanas al lado derecho de la sala y en el centro de esta, queda un amplio número de figuras de animales pintados en rojo de estilo premagdaleniense. La datación de una costra superpuesta al vientre de uno de los caballos (22 110 ± 130 años) sugiere una cronología Gravetiense para esa primera gran composición de animales en Altamira, pintados en color rojo, en trazo lineal ancho de contorno, o en tinta plana de ese color. Se trata de un grupo de once o doce caballos con cabezas pequeñas, extremidades cortas y vientres abultados, representados con cuerpos arqueados y gran dinamismo. A estos caballos se suman una figura de cabra, de cérvido, y una posible representación de oso o felino. De una cronología muy cercana, aunque superpuestas en algún caso a los caballos, algunas manos humanas: 7 en negativo y otras dos en positivo, de colores rojo y violeta.

Por encima de las pinturas en rojo se realizaron algunas figuras animales en trazo negro, ya de estilo Magdaleniense. De igual forma son muy abundantes —pasan de cuarenta ejemplares— los signos «claviformes» pintados en rojo, y alguna «parrilla ». Se han pintado sueltos, dispuestos en paralelo o entrecruzados entre sí en distintos puntos del techo. Están relativamente separados de los caballos rojos y, por el contrario, infrapuestos a los polícromos en distintos lugares (salvo uno sobre las patas de la gran cierva, seguramente repintado). A su vez, repartidos por diferentes lugares del gran techo son abundantes los grabados de animales y de antropomorfos —individuos bípedos que reúnen caracteres humanos y animales—. Entre los primeros, destacan algunas cabezas de cierva con bandas de estriado en barbilla y pecho (asociables a las conocidas sobre omóplatos aparecidos siempre en niveles del Magdaleniense inferior), y una magnífica figura de ciervo bramando, afrontada a una cabeza de cabra.

Reproducción de un bisonte magdaleniense en negro de carbón. Pintado de modo similar al resto de bisontes, carece, sin embargo, de la pintura en ocre rojo (quizá quedó inacabada).
Reproducción de un bisonte magdaleniense en negro de carbón. Pintado de modo similar al resto de bisontes, carece, sin embargo, de la pintura en ocre rojo (quizá quedó inacabada). Fuente: Museo de Altamira.

La composición de animales polícromos

Agrupa una veintena de grandes figuras de bisonte situadas sobre todo en el techo de la parte izquierda de la sala (1a del plano), pero también en la zona anterior-derecha (1b), con varios ejemplares peor conservados. A ellos se asocian un par de ciervas y de caballos.

La realización es relativamente compleja para lo usual en el arte paleolítico. El contorno de los animales fue trazado en negro o con buril, y luego se aplicaron los colores: ocres rojizos combinados o alternados con el negro, o en el caso de varios bisontes, solo este último. Esta aplicación del color se hizo directamente a mano, con pinceles y trozos de piel o, en ocasiones, con «lápices» de colorante. Los contornos fueron delimitados con grabados múltiples, que también se emplearon para remarcar detalles como los ojos, los cuernos —finos y sistemáticamente en perspectiva correcta—, el morro y las pezuñas. También se emplearon estos grabados para definir las extremidades. Para conseguir volumen y corporeidad, además de las gradaciones de color y la ordenación de elementos anatómicos en planos diferenciados —cuernos, extremidades, orejas…—, se realizaron lavados y raspados sobre algunas áreas del interior del cuerpo. Con idéntica finalidad, se aprovecharon hábilmente las prominencias del techo, ajustando algunas de las figuras a esos volúmenes positivos, y se aprovecharon sistemáticamente líneas de grietas y resaltes de la roca para apoyar diversas partes del contorno o de la morfología interior de los animales. El resultado, un amplio grupo de animales en diversas tonalidades del rojo, cernidos de negro y grabados, destaca extraordinariamente sobre el color amarillento del techo, sacudiendo profundamente al espectador siempre que penetra en la sala e ilumina esas superficies.

Los animales se han representado con orientaciones y en posturas muy variadas: alzados y mugiendo, descansando y volviendo la cabeza, al trote y saltando, en pie y parados… Aparentemente se trata de figuras aisladas entre sí, sin una relación obvia entre ellas. Sin embargo, la homogeneidad técnica, estilística y tipométrica de estas figuras, o el hecho de que los contornos de algunos bisontes encajen entre sí como piezas de un puzzle, permite entender un conjunto sincrónico. Las dataciones de radiocarbono sitúan la mayor parte de los animales (los de mayor tamaño y realmente polícromos) en un momento situado entre unos 18 y 17 000 años, en fases avanzadas del Magdaleniense inferior o inicios del medio. A esta gran composición se añadieron con posterioridad algunas pocas figuras pintadas y nuevos grabados. Así dos nuevos bisontes afrontados, en pintura negra modelada y grabados, más pequeños que los polícromos, en torno a hace 16 400 o 15 700 años. Ocupan un hueco dentro de la composición de polícromos y parecen reafirmar el mensaje de esta.

Conviene destacar, por último, que la maestría desplegada en la representación de estos bisontes, la consumada expresión de fuerza y pujanza que evocan, nos hace olvidar a menudo el alto grado de convención presente en ellos. Estos bisontes no son sino una versión, de gran calidad y expresividad, de un esquema iconográfico ampliamente difundido por Europa occidental durante las fases centrales del periodo Magdaleniense, repetido con frecuencia en otros conjuntos rupestres más modestos o en objetos.

Manifestaciones gráficas de los espacios interiores

En la galería II se han aprovechado algunos lienzos recubiertos con una capa de arcilla plástica para realizar grabados lineales arrastrando los dedos de la mano, en una amplia composición que incluye también una cabeza de bóvido. También se encuentran ya algunas pinturas en negro de animales, de convenciones estilísticas relativamente diversas. Más adelante, una cascada estalagmítica de la Sala III alberga dos grandes figuras de caballos en grabado profundo. A su vez, un estrecho divertículo oculto desde el eje de tránsito concentra varios signos abstractos de color rojo. Se trata de cuatro signos ovales subdivididos en tres campos, y de una banda de casi dos metros y medio de longitud con dibujos escaleriformes, aparte de otros signos bastante perdidos. En el lateral contrario hay algunas cornisas que ofrecían buenos lienzos verticales; en ellos se ha grabado con trazo fino, y en ocasiones con bandas de trazos estriados, un buen número de figuras de ciervos y de ciervas y un caballo, entrelazados.

A lo largo de los corredores de zonas IV y V encontramos algunas escasas obras pintadas en negro o también grabadas. Destacan algunos bloques calizos con grabados muy sencillos de animales —caballos, un antropomorfo…— realizados antes de su caída al suelo. O una magnífica cierva completa grabada con trazos repetidos en su contorno, y bandas de estriado en cabeza y pecho. Más adelante, nuevos grabados de uro, bisonte…, y pinturas en negro de animales.

En la Sala VI se conservan algunos paneles con representaciones de dos cabras muy estilizadas, una cabeza de cierva de gran sencillez y expresividad, y una tercera representación de cabra, de pigmento negro muy alterado. A la entrada de la misma sala, un bisonte en trazo negro. Son figuras de similar procedimiento técnico y de estilo, lo que permite asumir para el conjunto la datación de obtenida sobre la cierva, de unos 18 400 años.

Bisonte magdaleniense polícromo. Primero se grabó el contorno, se dibujó la línea negra con carbón, se rellenó con pintura roja y se detallaron pelo y joroba de nuevo con carbón.
Bisonte magdaleniense polícromo. Primero se grabó el contorno, se dibujó la línea negra con carbón, se rellenó con pintura roja y se detallaron pelo y joroba de nuevo con carbón. Fuente: Museo de Altamira.

El estrecho corredor terminal de Altamira, de unos 50 m de largo, alberga una gran cantidad de pinturas negras y de grabados, y excepcionalmente, también algunos restos en color rojo. Entre las pinturas negras destacan cinco signos cuadriláteros de tipo cantábrico, divididos en algún caso en tres campos, con trazos ordenados «en escalera» en su interior, y con abultamiento sobre el lado mayor en alguno de ellos. Asociados, aparecen otros tres signos cuadrangulares más pequeños, con series de trazos sobresaliendo hacia el exterior desde su perímetro. Este grupo de signos fue datado por radiocarbono en unos 18 600 años. De igual forma, son sorprendentes en esa galería final varias «máscaras»: relieves calizos animados mediante la adición de ojos, ollar o boca con pigmento negro. Es la misma idea reconocida en algunas máscaras de las cuevas del Castillo y de La Garma. Por lo demás hay algunas pinturas en negro de animales (un caballo de canon y convenciones bastante arcaicas), trazos no figurativos, y grabados de bisontes y caballo, alguna cabra y, en mayor medida, ciervas. Precisamente al final del corredor se documenta el más importante grupo de cabezas de ciervas con grabado estriado de toda la cavidad (nº 30).

En la actualidad, es muy difícil un recuento preciso de los temas representados en Altamira, dado el tamaño y complejidad del conjunto. El realizado por J. González Echegaray en 1978, indica un mínimo de 141 animales claros: 37 bisontes, 35 ciervos o, sobre todo, ciervas, 33 caballos, 24 caprinos (incluido el rebeco), 7 uros, 2 o 3 posibles carnívoros, acaso dos mamuts y un cérvido de astas palmeadas. Se han documentado además 9 manos en negativo o en positivo, al menos 9 grabados antropomórficos y varias «máscaras» Entre los signos, que sobrepasan ampliamente el centenar, destacan los claviformes en rojo, y las «chozas» o «cometas » en series de grabados convergentes. A estos signos, dibujados en la Sala de polícromos, deben añadirse algunos ovalados y escaleriformes en rojo de las salas centrales, y cuadrangulares acolados o con flecos, pintados en negro, en la Cola de Caballo. Su extraordinaria abundancia relativa, por lo demás, es usual en la zona central de la región Cantábrica, donde los signos alcanzan importantes frecuencias en cuevas como La Pasiega, El Castillo, Las Chimeneas, etc.

Altamira fue un centro de referencia para las mismas poblaciones paleolíticas de la región durante largas fases del Paleolítico superior, las más frías de aquel periodo. A lo largo de más de 9000 años se fueron acumulando representaciones con muy diferentes modalidades técnicas, destacando algunas composiciones mayores, como la de caballos y otros animales, y algunas manos humanas del periodo Gravetiense, o la gran composición de animales policromos de finales del Magdaleniense antiguo, con añadidos durante el Magdaleniense medio. A ellas se suman otras agrupaciones de gran interés, como las de distintos signos abstractos referidos más arriba, o diversas composiciones de grabados con representaciones de ciervas como animal dominante.

Se trata pues de un conjunto muy representativo del arte de las poblaciones cantábricas entre los periodos Gravetiense y Magdaleniense antiguo, con notables peculiaridades (clases de signos y su misma abundancia relativa, dominio de la cierva entre los animales), en tanto que, ya desde el momento de transición al Magdaleniense medio, la composición de polícromos de Altamira marca el inicio de una etapa más internacional, en la que se aprecia una relación aún más fluida con arte de regiones transpirenaicas.

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  • Asier Mensuro
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