Así resistió Numancia: el pueblo que desafió al imperio más poderoso del mundo

Una ciudad fortificada, una decisión sin vuelta atrás y un asedio que duró décadas: la resistencia de Numancia a Roma es hoy símbolo eterno de libertad.
Numancia (1881)
Numancia (1881). Alejo Vera (1834–1923). Fuente: Wikimedia

A veces la historia no la escriben los vencedores, sino aquellos que, aun perdiendo, deciden no doblegarse. Es el caso de Numancia, una pequeña ciudad celtíbera que hace más de 2.000 años protagonizó una de las gestas más asombrosas de resistencia frente al mayor poder militar de su tiempo: Roma.

Durante décadas, Roma intentó someter a los pueblos del interior de Hispania. Lo consiguió en muchos casos. Pero con los arévacos, una tribu del alto Duero, las cosas fueron diferentes. Desde el año 153 a. C., Numancia se convirtió en el bastión principal de la rebelión indígena. Y no por falta de intentos: varios cónsules romanos, decenas de miles de soldados, caballería númida y hasta elefantes fueron enviados contra sus murallas. Ninguno logró tomarla.

Hasta que llegó Publio Cornelio Escipión Emiliano, el mismo que había destruido Cartago. Lo enviaron con un solo objetivo: acabar con la afrenta que la pequeña ciudad suponía para la imagen de invencibilidad de Roma. Y lo hizo con frialdad quirúrgica. Rodeó la ciudad con un cerco infranqueable, aisló a sus habitantes del mundo y esperó. Años. Hasta que no quedó más que el hambre, la desesperación... y el suicidio colectivo.

El cerco que forjó una leyenda

Escipión Emiliano comprendió que a Numancia no se la podía vencer por la fuerza. Así que recurrió a la paciencia. Construyó un cinturón de torres, muros y fosos, cerrando todos los accesos a la ciudad. La estrategia no era la batalla, sino el hambre.

Mientras tanto, dentro de la ciudad, los arévacos resistían con dignidad. Comieron raíces, cueros, incluso —según las fuentes— a sus muertos. Pero no se rindieron. Retógenes, uno de sus líderes, escapó del cerco para buscar ayuda entre otros pueblos celtíberos. Cuando logró reunir 400 jóvenes dispuestos a ayudar, Escipión los capturó... y les cortó las manos.

Finalmente, con la población completamente agotada, se impuso la rendición. Pero no hubo claudicación: muchos numantinos eligieron morir antes de entregar su libertad. El resto fue esclavizado. Una pequeña parte de los supervivientes fue reservada y llevada encadenada a Roma para desfilar en el triunfo de Escipión Emiliano; las fuentes antiguas no especifican el número exacto, aunque la tradición moderna suele hablar de unas pocas decenas o, en algunos relatos divulgativos, de unos cincuenta.

Yacimiento de Numancia
Yacimiento arqueológico de Numancia. Soria. iStock.

De símbolo local a mito universal

La caída de Numancia, lejos de borrarse con el tiempo, se convirtió en leyenda viva. Fue cantada por autores clásicos como Apiano, Valerio Máximo y Floro, y siglos después inspiró a Miguel de Cervantes en El cerco de Numancia, una tragedia escrita para ensalzar el espíritu indomable del pueblo hispano.

Durante el siglo XIX, la causa numantina fue recuperada como símbolo nacional. Pintores como Alejo Vera o Juan Antonio Ribera inmortalizaron su gesta. Las Fuerzas Armadas españolas bautizaron barcos y batallones con su nombre. Y hasta hoy, la “resistencia numantina” sigue usándose como metáfora de lucha irrenunciable.

Numancia no venció, pero cambió la historia. Forzó a Roma a repensar su estrategia de ocupación. Y dejó un legado que todavía inspira. Y es que el recuerdo de Numancia ha pervivido a lo largo de los siglos porque representa algo más profundo: la decisión radical de no ser esclavos.

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Un número que explora la resistencia en todas sus formas

Este número 190 de Muy Historia no solo nos invita a revivir el asedio de Numancia. Nos propone un viaje por otras formas de resistencia —militar, política, científica y cultural— que han marcado épocas. Entre sus páginas, encontramos historias como:

  • Josef Mengele, el siniestro “ángel de la muerte” nazi, símbolo de cómo la ciencia puede pervertirse hasta el horror.
  • Leonardo da Vinci y Marie Curie, ejemplos de genios que desafiaron las limitaciones de su tiempo con inteligencia y perseverancia.
  • La Segunda República en Madrid, una ciudad que luchó por la cultura, la educación y la modernidad en medio de un país convulso.
  • Los maharajás de la India, figuras atrapadas entre el esplendor de sus palacios y el colapso de los imperios coloniales.
  • La Batalla de Los Ángeles, un curioso episodio de histeria colectiva en plena Segunda Guerra Mundial.
  • Y una mirada fascinante a los rituales sangrientos en América precolombina, donde el sacrificio era parte del orden sagrado.

En esta edición de Muy Historia viajamos al límite donde la civilización roza lo salvaje, y donde las grandes figuras oscilan entre la admiración y el espanto. Allí encontramos a Saladino y Ricardo Corazón de León, enemigos enfrentados en una guerra santa que aún hoy nos interpela; a las culturas precolombinas, donde el sacrificio ritual no era atrocidad sino orden cósmico; y a la mente oscura del doctor Mengele, que convirtió la ciencia en herramienta de crueldad.

Pero también exploramos las trincheras de la resistencia intelectual. Leonardo da Vinci, eterno curioso, y Marie Curie, viajera infatigable, ampliaron los límites del saber cuando el mundo no estaba preparado para ellos. La seguimos también en su paso por una España republicana, aún viva en el recuerdo, donde la cultura florecía entre tensiones sociales y promesas de futuro.

Nos adentramos, además, en el mundo dorado —y decadente— de los maharajás de la India, atrapados entre la seda de sus palacios y el derrumbe de un mundo colonial. Viajamos al cielo de California durante la Batalla de Los Ángeles, donde el miedo transformó un falso ataque en mito nacional. Y observamos cómo una joven potencia, Estados Unidos, empezó a escribir su destino global entre disputas internas, sueños expansivos y pulsos de poder.

Cada página de este número es una invitación a mirar la Historia no como algo que pasó, sino como algo que sigue latiendo en nosotros. Porque los grandes relatos no se aprenden: se sienten, se cuestionan, se reviven.

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