La importancia de los bodegones en el arte pictórico

Este tipo de obras se popularizó en el siglo XVII y ha sido practicado por Caravaggio, Rubens, Zurbarán o Van Gogh.
Bodegón con melón y brevas, manzanas, bota de vino y cesta de merienda en un paisaje.

Imagen: Bodegón con melón y brevas, manzanas, bota de vino y cesta de merienda en un paisaje, Luis Egidio Meléndez. Museo del Prado.

El bodegón, también llamado “naturaleza muerta”, se ha convertido por derecho propio en un género pictórico al igual que el retrato. Practicado por prácticamente todos los grandes maestros, este tipo de obras representan un conjunto de animales, frutas o verduras, flores y toda clase de objetos en un espacio definido que delimita la obra y resalta la composición y distribución de los distintos elementos.

Más allá de tendencias circunstanciales o mentalidades de distintas épocas, un bodegón es un estilo complejo y variado técnicamente hablando. Con él no solo se abren infinitas posibilidades en cuanto a diseño de la escena, sino que se permite trabajar la composición de objetos como parte de un todo, los colores y formas y las luces o sombras. Desde Leonardo da Vinci pasando por Diego Velázquez y Vincent Van Gogh, el bodegón ha sido una constante en el arte.

 

Siglo XVII, siglo de bodegones

Si bien existen precedentes al siglo XVII de obras que podrían considerarse bodegones, como los estudios del genio de Vinci o los grabados animales y florales de Durero, fue en el 1600 cuando realmente ganó importancia y se popularizó. En este momento histórico, tal vez debido a la influencia que aún perduraba del Renacimiento, la naturaleza se convirtió en centro de atención para artistas e intelectuales de todo tipo y esto hizo que las composiciones en formato de bodegón creadas por los pintores empezaran a valorarse por su valor estético y no solo por la asociación religiosa o mitológica que se hacía de sus elementos.

Las flores, frutas y objetos presentes en los bodegones, así como la distribución de los elementos conservaban poderosos simbolismos relacionados con materias religiosas o cuestiones morales, por lo que de un mismo bodegón se podían hacer varias lecturas (basadas en su valor estético o en el aspecto simbólico de la pintura). Con el paso del tiempo fueron apareciendo variaciones de ese bodegón caracterizado por los productos de lujo y la exuberancia, destinado a las clases nobles y pudientes, y comenzaron a dibujarse otros bodegones en los que se aludía a la caducidad de la vida y las cosas terrenales (vanitas) o se construían escenas con alimentos y objetos propios de las clases populares y el ámbito rural, consiguiendo un potente elemento cotidiano en las obras.

Los bodegones ganaron peso en los Países Bajos y poco a poco se fueron extendiendo por el resto de Europa, siendo común encontrar este tipo de cuadros de artistas como Caravaggio, Rubens, Jan Brughel de Velours, Zurbarán o Chardin. Con el paso del tiempo, el simbolismo religioso fue perdiéndose y los artistas se dedicaron a experimentar con las luces, las formas y las texturas, llegando a crearse bodegones muy complejos en los que cada elemento mostraba un nivel de detalle digno de mención y se buscaban las composiciones con objetos cada vez más extravagantes.

Cambio de paradigma

A finales del siglo XVIII, los retratos y la pintura académica arrebatan el protagonismo a los bodegones y estos van siendo cada vez menos comunes. Sin embargo, vivirían un resurgir de las corrientes más innovadoras que comenzaban a despertar en ese momento.

Las vanguardias y los movimientos impresionistas, animados a redefinir el arte y romper los moldes, harían del bodegón uno de sus sellos de identidad al centrar sus composiciones en armonías cromáticas y el tratamiento luminoso. Los artistas experimentaron con las formas y los colores, alejándose del fondo oscuro y limitado y la riqueza de detalles por una mayor libertad propia del estilo pictórico en el que se enmarcaban sus obras. Probablemente, el bodegón más conocido sean Los girasoles del postimpresionista Vincent Van Gogh.

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