Es imposible hacer un único relato sobre las mujeres en el Paleolítico superior, un periodo de miles de años con procesos culturales y sociales muy diversos y que sucede en distintas partes del mundo. Intentar describir a todas las mujeres sería un empeño que terminaría en generalizaciones poco deseables. Pero la investigación arqueológica sí que nos permite, por un lado, aproximarnos a algunas mujeres en las comunidades de este periodo, acercarnos casi a la biografía de algunas de ellas; y nos permite, por otro lado, aproximarnos al conocimiento de actividades, trabajos e ideas que, precisamente, por estar vinculadas a las mujeres no han sido tomadas en consideración, entendidas como relevantes de nuestra historia. Pero, sobre todo, nos permite acabar con ideas preconcebidas y con los estereotipos que han poblado los relatos sobre estas comunidades prehistóricas.
Los hombres viajan, las mujeres se quedan en casa
Unas ideas, como sugiere Linda Owen, que terminan convirtiéndose en dicotomías del tipo: mientras los hombres cazan, las mujeres recolectan; los hombres proveen de alimentos y las mujeres los procesan y cocinan; los hombres trabajan con materias primas «duras» (piedra, hueso, marfil o astas), mientras que las mujeres trabajan con las «blandas» (textil, pieles o alimentos); los hombres trabajan y usan útiles complejos y muy retocados, y las mujeres hacen y usan útiles básicos; los hombres viajan, mientras las mujeres se quedan en casa y ni siquiera conocen el entorno. Y todo ello, y esto quizá sea lo más relevante de todo, con una idea clara de cuál es la importancia social de cada uno de esos ámbitos, qué es lo realmente relevante en esas sociedades y, por tanto, quién merece más reconocimiento social por hacerlo. La realidad es que esa es además la imagen que se transmite a través de las representaciones en los museos, en los libros de texto y en casi cualquier tipo de material de divulgación que se genere para explicar estas sociedades.
Pero la investigación arqueológica en los últimos años ha permitido conocer mucho mejor la diversidad de comportamientos, circunstancias y personas que formaron parte de las comunidades del Paleolítico superior. El ADN, los estudios de isótopos, el análisis de péptidos y otras tantas técnicas bioarqueológicas permiten un acercamiento a esas poblaciones como nunca antes y sobre todo, y eso es lo más importante, están contestando a preguntas que tampoco se habían planteado nunca.
La Dama Roja
Un buen ejemplo de la información que la investigación arqueológica nos ofrece sobre mujeres concretas es la conocida como «La Dama Roja», una mujer enterrada hace 18 700 años en la cueva de El Mirón (Ramales de la Victoria, Cantabria). De unos 35 años, 59 kilos de peso y casi 1,60 m de altura, nos acerca a aspectos muy diferentes de la vida en época Magdaleniense. Su cuerpo fue depositado al fondo del vestíbulo de la cueva bajo un bloque de piedra probablemente caída del techo en la que aparecen una serie de grabados que se han asociado al sexo femenino, entre ellos un motivo en forma de V que podría simbolizar un triángulo púbico. Esta mujer tuvo acceso a un ritual muy elaborado, único. No conocemos muchos enterramientos datados en este periodo, pero desde luego este era sumamente sofisticado. Su cuerpo se descompuso al aire libre y antes de enterrarlo, fue cubierto con ocre, lo que le dio el color que le da nombre. En algún momento posterior, la sepultura se abrió y se extrajeron los huesos largos y el cráneo y el resto del cuerpo fue cubierto de nuevo con ocre antes de volverla a enterrar.
Más allá de este elaborado ritual, su cuerpo nos cuenta otras muchas cosas, el análisis del esmalte de sus dientes, el sarro acumulado en ellos y su desgaste, ha permitido saber que alrededor del 80 % de su dieta era carnívora y en torno al 20 % proveniente de peces, salmones probablemente. La robustez de sus piernas y hombros y las marcas de estrés muscular indican que realizaba una actividad física intensa. Además, el hallazgo de polen sobre el cuerpo podría deberse a que se hubiera integrado en el propio ritual como un depósito de flores, o provenir del estómago y haberlas consumido como recurso medicinal. Su excepcional enterramiento la distingue como una mujer particular que tuvo acceso a un tratamiento funerario que nadie más tuvo en su grupo, ni otras mujeres, ni otros hombres. Las razones para este ritual pudieron ser múltiples, que tuviera unas características de liderazgo reseñables, algún tipo de habilidad sobresaliente o que hubiera sido protagonista de algún hecho relevante.

Pero independientemente de este destacable hallazgo, ¿la investigación arqueológica confirma las dicotomías mencionadas sobre la vida cotidiana de las comunidades del Paleolítico superior? Probemos con «los hombres cazan, las mujeres recolectan». Este es uno de los asuntos más debatidos en la investigación arqueológica y etnográfica de las sociedades cazadoras-recolectoras. Más allá de la relevancia que se le dio al concepto de «hombre cazador» en la investigación arqueológica tras la II Guerra Mundial, en buena parte motivada por las reivindicaciones de las mujeres sobre el acceso a determinados trabajos, una de los hándicaps más importantes que podemos encontrar es la propia definición de caza. ¿En qué consiste la caza? ¿Se refiere solo a la captura y muerte de grandes animales que se abaten con lanzas o arcos y flechas? ¿Se puede considerar caza el apresar un animal con una trampa, lanzando una red o una honda? ¿Podemos considerar la caza solo como el momento en el que se arroja el proyectil y se abate el animal o también forman parte de la caza el ojeo, la persecución, el descuartizamiento del animal, la transformación en comida y ropa y los rituales necesarios para que sea un éxito? Porque esto último es lo que incluyen como parte de la caza muchas sociedades estudiadas a través de la etnografía en la actualidad. El definir de una manera más extensa la actividad hace que podamos abrirla a explicaciones mucho más complejas y diversas.
Pero incluso si solo definiéramos la caza con el primero de los supuestos, el de la caza mayor con arco y flecha, el descubrimiento de la sepultura de una mujer de unos 18 años en datados en cerca de 9 000 años enterrada con útiles destinados a la caza mayor en el yacimiento de Wilamaya Patjxa, también hace que tengamos que replantear esa idea. De hecho, quienes investigaron el hallazgo quisieron contestar a la pregunta sobre si esta mujer encajaba en un patrón más amplio de cazadoras o suponía una excepción única. Tras estudiar a las poblaciones de distintos yacimientos del Pleistoceno tardío y del Holoceno temprano en América del Norte y del Sur, el análisis estadístico muestra que entre el 30 % y el 50 % de los cazadores de estas poblaciones eran mujeres. ¿Podemos extrapolar estos datos a cualquier comunidad del Paleolítico superior? Obviamente, no. Pero al menos nos debería resultar mucho más difícil negar la posibilidad de que ellas fueran también cazadoras.
En cualquier caso, al considerar la caza como una actividad de prestigio, peligrosa y dificultosa ligada a los hombres, la recolección y todo lo que implica en términos de trabajo, conocimiento y aportación a las sociedades queda en un segundo plano. Veamos cómo se resuelven las dicotomías que tienen que ver con hombres proveedores, usuarios de tecnologías y útiles sofisticados versus mujeres que procesan y cocinan con tecnologías y útiles simples.

La recolección
La recolección también es proveedora, se recogen frutos, frutas, hierbas, hojas, raíces, tubérculos, cortezas de árbol, semillas, insectos, moluscos, pájaros, productos animales como miel o huevos. Elementos que se utilizan en la alimentación, la fabricación de ropa y otros enseres o en la elaboración de recursos medicinales. El problema es que se consideran poco trascendentales; y sin embargo, más allá de la alimentación, vemos como la piel de los peces es utilizada para hacer protecciones impermeabilizantes para el agua: parcas, guantes, mocasines, delantales, contenedores, bolsas. La corteza de árboles o las raíces se usan en contenedores, techumbres, redes. Distintas especies herbáceas, que no se estudian en las sociedades paleolíticas porque no suponen aporte alimentario, se utilizan para fabricar lechos para dormir o como aislante en botas y zapatos. Las fibras y pieles, recolectadas o producto de la caza, se utilizan en la costura, la cestería, la fabricación de tejido y el trenzado. Complejas tecnologías que usan un instrumental igualmente complejo, las primeras agujas de hueso se documentan hace más de 30 000 años, y aparecen con frecuencia en yacimientos arqueológicos de hace 20 000 años, coincidiendo con el aumento del frío y la complejidad de las prendas. Y aunque muy pocas veces se conservan materiales orgánicos en el registro arqueológico del Paleolítico, se pueden inferir a través de evidencias indirectas: huellas negativas fosilizadas de restos de cordeles o cuerdas y redes tejidas y anudadas. Además, algunas de las figuras femeninas de la época visten ropa, tocados, adornos y sombreros que representan claramente los tejidos cosidos de fibras vegetales. Y no, no es posible a atribuir únicamente a las mujeres este trabajo en las sociedades paleolíticas, pero buena parte de su infrarrepresentación y consideración en la investigación sobre estas comunidades viene precisamente de la atribución por sexos que realizamos de esas actividades.
Empezamos este texto hablando de la mujer enterrada en El Mirón y de su relación con lo ritual, con lugar concreto y unos eventos cargados de significados, con el uso de ocre y representaciones rupestres para señalar la importancia simbólica del evento. Un simbolismo en el que las mujeres se entienden siempre como representadas, como objetos de culto, pero pocas veces como participantes, como artistas, como sujetos activos de lo simbólico.

José Antonio Lasheras, quien fuera director de Altamira, señaló en varias ocasiones que casi no existen recreaciones en las que el autor del arte paleolítico sea una mujer, y esto es la principal consecuencia de una actitud sesgada, discriminatoria y acientífica respecto a la mujer, como si fuera una verdad evidente e incuestionable que el arte paleolítico sea «cosa de hombres». Una cuestión que queda reforzada además si tenemos en cuenta la necesaria participación de todos los miembros de la comunidad en las estrategias de aprendizaje, socialización y transmisión simbólica de la identidad que suponen muchas de estas representaciones rupestres. El denominado arte rupestre paleolítico responde a una creación en la que participan todos los miembros de la comunidad, como ha quedado bien acreditado en la aparición de huellas de manos en lugares como la cueva del Castillo, La Garma o la cueva de la Fuente del Trucho. Negar que las mujeres hayan participado en estas creaciones es, como poco, acientífico.
Decía la bióloga Lynn Margulis que hay una gran desconexión entre lo que se ha demostrado científicamente y lo que la gran mayoría de la gente cree. Así es, y la enorme distorsión que provocan los estereotipos e ideas preconcebidas de la actualidad sobre el papel que jugaron mujeres y hombres en las sociedades del Paleolítico superior solo puede ser subsanada gracias a la investigación científica y a la divulgación de calidad. Cada vez más las sinergias entre una mirada al pasado que intenta conocer y reconocer la intervención de las mujeres, y también de las criaturas, en las trayectorias sociales, culturales, económicas, tecnológicas y simbólicas de las distintas comunidades y el avance de las técnicas bioarqueológicas están permitiendo construir discursos históricos más documentados, más científicos y más abiertos al debate. La toma de conciencia de estas circunstancias por parte de quienes se dedican, por todos los medios y formatos, a la divulgación es clave para transmitir ese conocimiento, para ofrecer instrumentos útiles a una ciudadanía que cada vez está más implicada en acabar con las desigualdades y los discursos que las sustentan.